
Con profunda preocupación estamos siguiendo las noticias de los terremotos que han afectado a distintas regiones del mundo, entre ellas Venezuela, Colombia, Indonesia, Granada. Nuestros pensamientos y, sobre todo, nuestras oraciones están con las personas y familias que han sufrido pérdidas, miedo, heridas y momentos de profunda incertidumbre.
Cuando la tierra tiembla, algo dentro de nosotros también se conmueve.
Nos recuerda que vivimos en un mundo que no controlamos completamente. Nuestras seguridades pueden cambiar en cuestión de segundos. Las casas que ayer parecían firmes pueden dejar de serlo; los proyectos pueden interrumpirse; la vida cotidiana puede transformarse inesperadamente.
Pero precisamente allí aparece una pregunta profundamente cristiana:
¿Dónde ponemos nuestra confianza cuando las seguridades de este mundo tiemblan?
La Biblia no nos promete una vida libre de sufrimiento. Jesús mismo nos enseñó que en este mundo tendríamos aflicción. Pero también nos llamó a confiar en Él.
Por eso, como Iglesia, no queremos responder al sufrimiento con especulaciones, miedo o juicios apresurados. No nos corresponde afirmar que sabemos exactamente por qué Dios permitió que ocurriera cada terremoto. Sí podemos afirmar algo que está en el corazón del Evangelio: Dios nos llama a estar cerca de quienes sufren.
Ante el dolor de otros, nuestra fe no puede permanecer como una idea.
Debe convertirse en presencia.
Debe convertirse en oración.
Debe convertirse en solidaridad.
Debe convertirse en servicio.
“Nos recuerda que vivimos en un mundo que no controlamos completamente. Nuestras seguridades pueden cambiar en cuestión de segundos. Las casas que ayer parecían firmes pueden dejar de serlo; los proyectos pueden interrumpirse...”
“Como cristianos, creemos que nuestra esperanza no está fundada en que nunca habrá terremotos, pérdidas o dificultades. Nuestra esperanza está fundada en Dios, que permanece cuando todo lo demás parece moverse.”
Los acontecimientos de estos días también nos recuerdan nuestra condición humana. Somos vulnerables. No tenemos el control absoluto de la vida. Y reconocer esa realidad no debería llevarnos a la desesperanza, sino a vivir con mayor humildad, gratitud y responsabilidad.
Como cristianos, creemos que nuestra esperanza no está fundada en que nunca habrá terremotos, pérdidas o dificultades. Nuestra esperanza está fundada en Dios, que permanece cuando todo lo demás parece moverse.
Por eso invitamos a nuestras iglesias a orar especialmente por Venezuela, Colombia, Indonesia, Granada y por todas las comunidades afectadas; por quienes han perdido familiares, viviendas o medios de vida; por quienes están heridos o desplazados; por los equipos de rescate; por las autoridades y por todas las personas que están trabajando para aliviar el sufrimiento.
Pero nuestra oración debe abrirnos también a la acción. Que podamos preguntarnos:
¿Qué podemos hacer nosotros para que una persona que está sufriendo encuentre en la Iglesia un lugar de refugio, esperanza y amor?
En momentos como estos, la Iglesia tiene una oportunidad preciosa de mostrar quién es y en qué cree.
No somos llamados a explicar todo el misterio del sufrimiento. Somos llamados a acompañar.
No somos llamados a alimentar el miedo. Somos llamados a anunciar esperanza.
No somos llamados solamente a hablar acerca del amor de Dios. Somos llamados a hacerlo visible.
Que estos acontecimientos nos encuentren unidos, orando por quienes sufren y disponibles para servir.
Y que, cuando la tierra tiemble, nuestra fe pueda permanecer firme.
Porque nuestra seguridad última no está en la estabilidad de las circunstancias, sino en la fidelidad de Dios. “Dios es nuestro amparo y nuestra fuerza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia.” [ Salmo 46:1 ]
Liliana Chimenti
Presidente / Asociación Bautista Argentina



